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C.E.I.B | Centro Espirita de las Islas Baleares |
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EL COMPORTAMIENTO DEL ESPIRITA (14/04/08) Las
riquezas de la Tierra son perecibles, pero hay una riqueza que nada
puede afectar ni nadie puede destruir: la riqueza del cielo, que
podemos y debemos construir en nuestra alma. Esa riqueza está
en nuestras manos, es adquirir la moral cristiana, explicada tan
bien en El Evangelio Según el Espiritismo.
Las doctrinas de la nada hacen de esta vida un callejón sin salida y conducen, lógicamente, al sensualismo y al desorden. Las religiones, al hacer, de la existencia una obra de salvación personal muy problemática, la consideran desde un punto de vista egoísta y estrecho. Con la filosofía de los Espíritus, este punto de vista cambia y se ensancha la perspectiva. Lo que debemos buscar no es ya la felicidad terrena, la felicidad, en la Tierra, es cosa precaria, sino un mejoramiento continuo; y el medio de realizarlo es con la observación moral en todas sus formas. Cuando el hombre venga de donde venga, entra en el Espiritismo, se abre ante el un amplio campo de investigaciones, que de momento, no se da cuenta de tamaña grandiosidad. A medida que va ampliando sus estudios y sus experiencias, más ancha se torna la perspectiva de lo que antes le era desconocido, y en todo empieza a ver la grandeza de Dios. Entonces ve lo que el significa en la Creación, comprende que su vida es eterna y que no se encuentra aquí por acaso, comprende que jamás será abandonado que está ligado a una ley que abarca a todos los seres humanos y que con ellos alcanzará por sus esfuerzos, más tarde o más temprano, su felicidad, su belleza y su sabiduría. Comprende que el tiempo que tarde, depende únicamente de el, que un día será atraído por el amor universal, pasando a formar parte de la gran familia de los espíritus felices, que gozan y trabajan en el plano del amor divino. Dios estableció sus leyes y las puso, con toda la creación, a disposición de todos sus hijos. A nosotros compete alcanzarlo. El espirita debe portarse delante de Dios como un buen hijo, agradeciéndole el que le haya creado. Debe respetar la grandeza de su creador, adorar su Omnipotencia, amarlo por su Sublimidad. Y ese respeto, esa adoración, ese amor, esa gratitud, deben ser manifestados al Todopoderoso tanto como sea posible, para que así atraigamos su influencia y la de los buenos espíritus , que nos es muy necesaria por nuestro atraso, en este mundo donde imperan la ignorancia y el dolor. Para alcanzar esa gran moralidad que necesitamos, para cumplir bien nuestra misión, tener paz en la Tierra y conseguir alguna felicidad en el espacio, debe el espirita cumplir la ley divina. Esa ley divina está en el Evangelio y el espirita debe saberla de memoria, porque ¿Cómo aplicar esa ley sin conocerla? Para el espirita el Evangelio no debe ser letra muerta, y si una ley vigente en todos los tiempos, en todas las edades. Debe ser un admirador del Maestro, estudiando sus palabras, su moral, su ley, sus sacrificios, su abnegación, su amor, su prudencia y, sobre todo, su elevadísima misión ya que esta contiene dos puntos esenciales, que son de capital importancia. La primera y que el espirita debe fijar en su mente es la de que ha de conocer la ley divina para cumplirla. El otro objetivo de capital interés para el bien de nuestro espíritu; que es el consuelo, la resignación y la paciencia que El nos puede inspirar. Todos estamos en la Tierra para ser probados. Y muchos de expiación. Por eso el espirita ha de amar al Señor; debe admirarlo y seguirlo hasta donde le sea posible; en sus leyes y en sus ejemplos; pues así evitará que puedan acarrear la tribulación en esta vida y el sufrimiento en el espacio. Todo espirita debe portarse con la mayor humildad posible, frente a sus hermanos. La humildad es siempre un ejemplo de buenas manera, jamás nos compromete, ni es causa de disturbios ni de riñas. Esa humildad no debe ser nunca fingida, sino leal y sincera, siempre dispuesta a servir, debiéndose considerar inferior a sus hermanos, a de ser el servidor de todos. Nunca hara alardes de saber, ni de poseer facultades y menos de considerarlas extraordinarias, exponiéndolas siempre de manera prudente, sensata y con oportunidad. Todo
espirita debe ser caritativo, no abandonando a su hermano en una
crisis, ni en la dolencia ni en la miseria. Debe ser la
providencia terrena, sustentando en todo lo que pueda, a su hermano. Todo espirita que hace profesión publica de su creencia no debe jamás olvidarse de que, por donde pasa, por donde va y el sitio que frecuenta está siendo observado y estudiado. Debe ser prudente en el hablar, en el obrar, en el pensar, pues si se olvida de las reglas que prescribe el Espiritismo, pueden caer en el ridículo, por no estar sus actos de acuerdo con la moral que el mundo espera de ellos. La Humanidad gime, llora, se desespera por lo mucho que sufre; el egoísmo todo consume; las victimas de la maldad se suceden sin esperar; las religiones se desviaron del camino; los hombres de bien, intermediarios entre la Humanidad y la Providencia, son escasos; los espiritas estad encargados de traer la luz, ya que saben por qué la Humanidad sufre por qué llora, por qué se desespera; el espírita ha de sacrificarse, en explicarle la causa de su sufrimiento, de sus lágrimas, de su desesperación, ha de demostrar que el dolor depura, eleva, santifica, exalta, y así cumplirá su misión. El espirita que desea hacer mucho bien a sus semejantes no debe perder de vista al Señor cuando lo azotaban atado al pilar, cuando lo coronaban de espinas, cuando cargaba la cruz, cuando consumaba su sacrificio, para saber imitarle en sus actos de amor por la Humanidad de abnegación y de sacrificio. De ahí sus palabras: “vosotros sois la sal de la tierra, si ella pierde su sabor, “con que se ha de salar” Si el espirita debe ser prudente virtuoso, tolerante, humilde abnegado y caritativo, entre sus hermanos de ideal y en el seno de la Humanidad, ¡cuanto más debe serlo en la familia! Si son sagrados los deberes que hemos de cumplir entre nuestros hermanos y en la humanidad, mucho más lo son los que tenemos que cumplir en la familia. Porque debemos considerar que, más allá de los vínculos que en esta existencia nos unen con lazos indisolubles, tenemos siempre historias pasadas, que se enlazan con la historia presente. El espirita debe ver en la familia un grupo que le fue dado en custodia, y para el cual tiene muchos deberes que cumplir y muchos sacrificios que realizar. Por eso el esposo debe ser el apoyo y el sustentáculo de la esposa; debe amarla, respetarla, protegerla, aconsejarla, orientarla y proporcionarla en todas las circunstancias de la vida, lo que sea necesario. La esposa debe obediencia, amor, respeto y sinceridad al esposo, siendo este, para ella, siempre la primera persona a quien debe confiar sus secretos y todas sus tendencias, sin faltar jamás al respeto y a la obediencia, que debe al que Dios le dio como guía en este mundo de dolor. En lo referente a los hijos, su misión no está exenta de sacrificios, siendo a veces necesaria una abnegación a toda prueba, dirigida por el buen sentido del espirita. Debiendo sentir el mismo amor por todos sus hijos, no olvidando que los más necesitados de su misericordia son los menos provistos de bondad y comprensión. Debe proceder con mucho cuidado en la misión de la paternidad, para no dejarse arrastrar jamás por una atracción de causa desconocida, a favor de uno de sus hijos, ni por la frialdad que pueda sentir por otro. Sin olvidar que un hijo puede ser lo mismo un hermano de otra existencia al que amamos o un enemigo al cual debemos aprender a amar. El espirita en todas las situaciones de la vida, ha de portarse como un buen hijo, buen esposo, buen padre, buen hermano y buen ciudadano; así, como practicante de la ley divina, cuyo sentido practico está en la enseñanza y en el ejemplo del Señor y maestro; será luz para iluminar a los que están a su alrededor, será mensajero de paz y amor para todos; y llevará la paz de las Moradas de la Luz hasta los hombres de la Tierra. El espirita tiene un deber ante si mismo, no ha de ser demasiado indulgente para consigo mismo. Siempre encuentra medios para justificar su conducta, aunque esta no sea lo suficientemente correcta. Procura siempre disculpar sus defectos y atenuar sus faltas. Tanto es así, que escuchamos a menudo, de aquellos a quienes hablamos de espiritismo: “Yo no creo en nada, apenas acompaño a la mayoría; pero en lo que concierne a la otra vida, creo que lo mejor es hacer todo el bien posible. Así, si existe alguna cosa después de esta vida, nada malo podrá acontecer me. Todo espirita debe ser muy severo consigo mismo, siendo siempre el primero y el más severo juez de si mismo. No olvidando que está en este mundo para luchar por causa de su atraso, de sus imperfecciones y de sus deficiencias, y que le urge librarse de todo aquello que es contrario al amor, a la virtud, a la caridad, a la justicia. Es muy difícil ser justo en todas las cosas, por eso el espirita debe todos los días hacer un examen de todo lo que sintió y realizó en la jornada transcurrida. Sabiendo que hay tres formas de cometer faltas, por el pensamiento, por la palabra y por los actos. Las faltas por pensamientos provienen de pasiones injustas o mal contenidas, de no ser indulgente para las faltas del prójimo, de codiciar cosas indebidas. El espírita puede sentir deseos condenados por la ley divina. El tiempo de vida en la Tierra es sumamente corto, y que el que pasaremos en el espacio es sumamente largo, siendo allá felices o infelices según hayamos cumplido o dejado de cumplir nuestros deberes espirituales. Por eso debe procurar el espirita progresar en virtudes, en amor, en adoración al Padre, en respeto y veneración para con sus semejantes y no dudar de que su felicidad será grande, y que habrán llegado a su fin los sufrimientos y los males, que por tanto tiempo lo han afligido y lo han retenido tanto tiempo en un planeta de expiación. Sin olvidar que la Tierra es un lugar de expiación y dolor, y que el dolor purifica y eleva. El dolor es un medio por el que se progresa rápidamente, soportándolos con resignación y con calma, y hasta con alegría, llegaremos a las más altas regiones, ascenderemos, él, es el medio más seguro de alejarnos de las veleidades humanas. Ningún espirita debe dudar que en el Reino de Dios no se entra por sorpresa, ni se alcanza la felicidad, sino después de la purificación. Todo espirita que tenga grandes dolores manténgase fuerte, lleno de calma, de amor al Padre, de resignación y sumisión a la Justicia Divina. Y si a veces la tentación lo envuelve, que se defienda con la oración, con el amor por los que sufrieron antes que el, no olvidando jamás que, por detrás del dolor soportado con alegría y calma vendrá la felicidad en la vida eterna. La rebelión aumenta el dolor, intensifica el sufrimiento, mientras la resignación favorece la acción benéfica de los Espíritus Superiores, siempre dispuestos a auxiliar a los que sufren. La oración es el lenitivo de los dolores sin remedio. Por ella, el espíritu en prueba establece ligación fluidica con los Bienhechores Espirituales, que les darán alivio posible y la fuerza moral necesaria para soportar las pruebas hasta el fin. Nadie es perfecto en este mundo. Así como es muy difícil encontrar en la Tierra quien este siempre en perfecto estado de salud física, también es muy difícil encontrar a alguien con perfecta salud moral. Así como la atmósfera y las condiciones materiales influyen directamente en nuestro organismo predisponiéndolo para las enfermedades, los elementos espirituales que nos rodean influyen sobre nuestra condición moral. Se aprovechan de las cosas más insignificantes, para provocarnos sufrimientos y malestar interior, objetivando mortificarnos o detenernos en la vía del progreso. La tentación no tiene siempre para todos los individuos el mismo carácter y las mismas formas. Lo mismo que los grados de virtud y de los defectos son múltiples también son muchas las variedades de la tentación. En la Tierra, no tendremos jamás paz completa, si alguna vez llegamos a sentirla será de corta duración. Ante las penas ocultas debemos ser fuertes y resistir y oponerles serenidad, paciencia y calma sin límites, ellas tienen un gran merito ante Dios y fortalecen mucho al espíritu encarnado. Nunca debemos poner en duda que hay seres espirituales que nos aman y nos ayudan, debemos confiar en ellos, pedirle ayuda, suplicarles la protección, cuando nos veamos apurados. El Espíritu aferrado a los intereses materiales, mientras dura ese estado, es casi imposible que comprenda y acepte el Espiritismo, es esa la barrera que retiene a la Humanidad. El apego al dinero es señal evidente de falta de caridad y amor al prójimo. Quien tiene ese apego no se encuentra en vías de realizar grandes progresos. El espirita debe recordar que su felicidad no esta en la Tierra sino en el Espacio. Por eso debe enriquecer su espíritu con virtudes y buenas obras. Y debe recordar que uno de sus grandes enemigos es el amor al dinero, o sea el egoísmo, que es el peor y el más fatal enemigo del hombre. Si juntásemos todas las riquezas del mundo, nada serian comparándolas con las de nuestro Padre. Todas ellas fueron creadas para nosotros, sus hijos, que las recibiremos en propiedad y las disfrutaremos eternamente. Nosotros los Espiritas tenemos un tesoro en nuestras manos, es necesario resaltar esto, pues no todos están en condiciones de comprender el Espiritismo y menos aún de practicarlo. No podremos aun comprender la verdad, mientras no nos despojemos de muchos errores, mientras nuestro amor y nuestra bondad no hayan alcanzado cierto grado. El Espiritismo nos saca de todas las dudas, nos libera de todos los errores, nos ilumina la inteligencia, nos fortalece el espíritu en la lucha contra las preocupaciones. Pudiendo el espirita si no es indolente realizar todo cuanto desea para su bien. El espirita debe estudiarse a si mismo, para llegar a conocerse, cosa que a veces es un poco difícil, mayormente si el instinto del orgullo y de la vanidad predomina aún en él. El espírita debe observar si fácilmente se ofende por cualquier contrariedad o palabra que lo mortifica. Y si es así, eso acontece, porque el amor propio desmedido, sinónimo de vanidad está enraizado aun en su espíritu. Debiendo someterse a humillaciones, evitando que esas le afecten, hasta aprender a sufrir desprecios y desengaños sin perder la serenidad. Si el espirita siente que posee alguna pasión o vicio que puede llevarlo a la caída, habrá de ser valiente, y aunque le cueste la vida, tendrá que cortarlos por la raíz. Pues vale más sufrir mucho, por hacer desaparecer un vicio y adquirir una virtud, que no sufrir nada dando redes a la pasión. Vale más sufrir que sucumbir. Antes la muerte del cuerpo, que la perturbación y el atraso del espíritu. El espirita no debe ser impertinente, ni tener mal genio, ni ser precipitado, ni murmurar, pero si, ha de ser paciente, debe saber perdonar las faltas ajenas, ser amable cuanto sea posible, servicial y debe procurar el bien de sus subordinados, ya sea en la familia o en el ámbito de su posición social, debe crear una aureola de buenas influencias y de confianza y de respeto; consolar a los que sufren, hasta donde sus fuerzas lo permitan. Para conseguir esa vida ascendente de perfección, no podemos olvidar que necesitamos la protección de los Grandes Espíritus, y que no debemos dudar de ellos, siempre que nos coloquemos en condiciones de recibir sus influencias. A medida que mejoramos llamamos más la atención de los Buenos Espíritus. En el Espiritismo no existen categorías, más si espiritualmente, ellas son muy conocidas en el mundo Espiritual, e infeliz de aquellos que no sepan respetarlas, sin conocer las clasificaciones pueden intercambiar el orden de los factores, a de procurarse ser un buen discípulo ahora, hasta que la providencia nos llame para desempeñar una misión más alta. Las personas virtuosas y entendidas hacen mucha falta, para proyectar una luz como es el Espiritismo. Esas personas son muy procuradas por los Buenos Espíritus. Cuando surjan señales y acontecimientos extraordinarios que no se pueden evitar, aunque contrarien y perjudiquen, y tengáis ante vosotros la llamada del espiritismo para que entréis en servicio, aceptarlo a gusto. Tenemos un gran Maestro, es a Él a quien debemos seguir, sobre todo los jóvenes que son el futuro de la Humanidad. Confiad
en El, Juventud Espírita, y no desmayéis en el camino,
Adoremos al Padre y amemos al Señor por su gran amor. Trabajo realizado por Merchita Extraído del libro el Tesoro de los Espiritas de Miguel Vives.
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